jueves, 18 de agosto de 2011

Cómo leer el punto cruz

En muchos cajones de cocinas de White quedan repasadores como estos: hechos a mano, con restos de telas. Pero la práctica de bordar, pintar y hacer repasadores ya está en desuso. Indagar cuándo y porqué se abandonó esa costumbre permite leer un nivel más general en lo particular: los cambios en las prácticas cotidianas de una cocinera y su relación con los cambios en la industria textil.

Según Juana Dodero (Ing. White, 1932), integrante de la Asociación de Amigos del Museo, el acto de bordar repasadores, que se aprendía en la escuela con la materia “Labores”, dejó de ser habitual cuando las mujeres empezaron a trabajar. Para Flora Rossi (Río Negro, 1973), docente de cocina que creció en Villa Regina, cortar y hacer repasadores con retazos de telas fue reemplazado por comprar repasadores hechos de manera industrial. Y según Mónica Villagrán (Río Negro, 1974), cocinera del barrio Noroeste, los labores textiles se dejaron de hacer en casa en el mismo momento en el que se empezó a usar el pañal descartable, a principios de la década del 80.

Sin duda esa época era resultado de la política instaurada con la dictadura de 1976, que desalentó con medidas financieras la producción industrial y auspició una economía de tipo abierta. Así el mercado textil argentino fue invadido por productos sintéticos de los Estados Unidos, hilados de algodón del Perú, tejidos de lana de Uruguay e indumentaria de países del lejano oriente. Sumado a la profundización de la apertura económica sin políticas de protección industrial en los años 90, y a la introducción de nuevos sistemas de comercialización como shoppings y supermercados, las ofertas de repasadores se diversificaron y hoy es más habitual comprarlos en las góndolas, cerca de los productos de limpieza.

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