domingo, 10 de junio de 2012

Todo lo que hay

Cada vecino de White tiene su propio relato acerca de cómo incorporó el uso de electrodomésticos a su cocina. Para algunos significa un ascenso, un logro económico; para otros una modernización, ponerse a tono con la época. Para las personas más jóvenes comprar un electrodoméstico está ligado al momento de armar su propia cocina, más allá de la cocina materna. Y para la mayoría significa una manera de alivianar el trabajo en la casa y, por lo tanto, organizar distinto el tiempo.


Delia Schenfeld (Coronel Suárez, 1942), desde muy chica trabajó como cocinera en la estancia Los Recovecos y más tarde en la escuela  N 3 de Punta Alta; lo primero que enchufó en su cocina fue una heladera Leikam, a fines de los años 50. Para ella, como para tantos otros, incorporar estos aparatos eléctricos no fue inmediato: Primero fue necesario que la casa contara con energía eléctrica y además, que la familia pudiera adquirir los productos, que no eran tan accesibles: Mi marido trabajaba en una fábrica de mosaicos que vendía electrodomésticos, entonces el patrón le dijo: “Llevate la heladera, que te la voy descontando de a poquito”

Hoy se le hace inimaginable la vida sin electrodomésticos que, al simplificar su trabajo, relaciona con el tiempo disponible para venir a la Cocina del Museo, a formar parte de la Asociación Amigos. Pero no sólo le permiten organizar distinto su presente sino también imaginar distinto su pasado: ¡Cuánto estabas batiendo! ¡Horas! Siempre pienso en todo  lo que trabajó mi mamá… para colmo éramos once hermanos. Con mi hermana siempre decimos: Mirá si viviera mamá ahora. Lavadora automática, batidora… todo moderno, todo lo que hay.