jueves, 24 de enero de 2013

Hacer un puente

Los cambios profundos que vivió Ingeniero White durante la década de 1990 –algunos de ellos, privatizaciones, desocupación, radicación de empresas multinacionales- sin duda modificaron la relación de los vecinos con el espacio en el que viven. La expansión del puerto durante esos años no es, solamente, una cuestión de ganancias abstractas, sino que tiene que ver, inmediatamente, con un uso del territorio. Por eso tienen sentido preguntas como las que siguen: ¿Quiénes “construyen” o modifican el espacio? Esa modificación, ¿es el producto único y absoluto –inmutable- de los “deseos corporativos”? ¿O es más útil pensarla como un proceso complejo que involucra prácticas y actores diversos, muchas veces con intereses contrapuestos?
Cierta mirada fatalista sobre la historia reciente impide reconocer los modos concretos en que los vecinos intervienen en la modificación del lugar en el que viven. Muchas de esas intervenciones tienen que ver con la actividad constante de distintas organizaciones comunitarias, como cooperadoras, asociaciones de amigos, clubes, centros de salud, museos, sociedades de fomento, centros de colectividades… la lista es larga, pero más larga sería la enumeración de las demandas e iniciativas que esas organizaciones formularon al Estado. Una de ellas es el puente peatonal entre Ingeniero White y el Boulevard Juan B. Justo, el cual, incluido en el Plan Director de la Municipalidad, está próximo a inaugurarse.

Pero claro, una obra extensamente demandada, y recién  hoy concretada, exige no solo revisar el presente sino también el pasado. Un pasado de marchas y contramarchas, de tensiones, y también de pedidos no atendidos. En definitiva, un pasado que no tiene nada de perfecto, o de ideal. Por eso el espacio es producto de prácticas y negociaciones constantes. ¿Por qué el puente recién  hoy es una realidad? ¿Tiene algo que ver con eso el cambio en el Estado?  Por último, ¿es White –como a veces se escucha- un “pueblo fantasma”?


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