viernes, 5 de agosto de 2016

Cuando una boya también es una pokeparada

Hace años que el museo tiene una política de objetos que busca interrogar a través de ellos el mundo (sus distintas escalas): una lata de té de Ceilán para pensar la etapa de capital inglés, un pellet de polietileno para ver el puerto multinacional, un florero hecho con vidrios cortados para ver los momentos de ocio en el puerto hiperproductivo.

Desde hace tiempo también el museo trabaja con el espacio. Caminar el territorio para entender los procesos históricos en su dimensión material y concreta. Parte de caminar es estar atento a la contingencia.

Este año una de los actividades educativas plantea abordar los trabajos necesarios para que una embarcación salga del puerto a través de los objetos emplazados en patio delantero.

Ayer sobre el mediodía después de una de esas acciones algunos chicos se quedaron frente al kiosko donde Carlos Camagni hacia la década del ‘30 expendía nafta a las lanchas pesqueras y también frente a la boya número 11 que fue parte del sistema de balizamiento de la ría. Es que ambos objetos ahora son “pokeparadas”. Y le superponen una información más a los mismos, los refuncionalizan, le ponen una capa más de densidad y nos proponen nuevos problemas y preguntas. Al museo no le interesa pensar un objeto en términos de una originalidad que debiera ser conservada mas o menos intacta. Al museo le interesa el presente y sus derivas, poner en riesgo la memoria y sus propias prácticas. Cómo incluir este nuevo dato de la coyuntura a nuestra propuesta educativa, pensarla en términos críticos, es una tarea preponderante.