martes, 9 de octubre de 2018

2do Encuentro Latinoamericano de Escritura Macarrónica






El sábado pasado, en la cocina del museo, una mesa larga reunió a cocineras, cocineros, oradores, vecinas y vecinos de White,  poetas, cantantes, editoras y editores del 8vo Festival de Poesía Latinoamericana de Bahía Blanca. El segundo de este tipo de encuentros en el que comparten una gran comida “a la canasta”, pero también (y al mismo tiempo) lecturas en voz alta de textos relacionados con esa comida múltiple.  Todo, todo mezclado –con la infaltable bebida-, para terminar cantando.



Las semanas previas se habían repetido los “Encuentros de escritura macarrónica” iniciados en 2017, un taller dirigido a vecinas y vecinos de White en el que se alternan charlas sobre el precio del aceite o los saberes de una abuela italiana, con la lectura de poemas y ejercicios de escritura.  Siempre con la propuesta de pensar la historia personal en relación a la historia colectiva, como la receta de bombitas de paté inventada por la vecina Stella Maris Correngia en época de veda de carne. Las variantes de la vida cotidiana se tensan con la historia a escala nacional y mundial, con las que cada experiencia y recuerdo se trama.
               
Así fue que surgieron historias de comidas colosales, listados sobre la dieta de operarios del puerto, argumentos sobre porqué desaparecieron los mejillones en los pilotes del muelle después del `70, un listado de pensamientos que surgen en el mismo momento de lavar los platos (como por ejemplo: ¿por qué tengo que lavar los platos yo?)

El almuerzo del sábado arrancó con lecturas de estos materiales alternados con poemas que cada invitadx del festival había traído para la ocasión. Además, estaban las mismísimas empanadas de pescado sobre las que Elcira Pecorario había escrito, las masitas griegas de Nora Oliveto, las empanaditas de cayote de José “Pepe” Malvar, la pascualina de María Elena Peysé, los chipá que Antonina Aponte cocinó recordando la receta de su mamá formoseña, la pella gigante  que resumía la historia de trabajo de Stella Maris Gimenez y tantos platos y lecturas más.



También se escucharon poemas sobre la feijoda de Brasil, la cocina de una abuela puertoriqueña, los budines horneados en un barrio de Bahía Blanca y, en un momento, la voz suave y firme de Elvira Hernández subió entre las mesas, con este poema de Violeta Parra, justo antes de que llegue el postre:

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